lunes, 24 de noviembre de 2008

Alarma


De pronto suena el silbato. El sonido viene de afuera. Simeón llama a todos los jóvenes hacia afuera. Empezamos a salir. Nos reunimos en torno de la camioneta. Unos empiezan a subir. Simeón explica: un vehículo acaba de pasar hacia la parte de atrás de nuestro territorio. Soy de los últimos que sube. Somos más de quince jóvenes en la parte de atrás de una pick- up.

La camioneta arranca. Los faros del carro alumbran el camino en la oscuridad. El camino es accidentado. De pronto una bajada empinada. El carro la lidia sin problemas, al parecer acostumbrado a estos terrenos. Algunos se sorprenden. La luz se prende y apaga conforme avanzamos, al parecer para tratar de llamar la atención. Simeón tiene una potente y pequeña linterna y la dirige hacia los costados.

El ambiente es tenso. El aire fresco nos envuelve el rostro. De pronto se apagan los faros del carro y empezamos a bajar. El terreno esta lleno de surcos que dificulta el paso y demanda un poco más de destreza. Sin embargo lo hacemos rápido. Cruzamos el campo rápidamente. Apenas se ve el camino, pero se puede ver los contornos a lo lejos. Nos paramos al pie de un barranco. Simeón alumbra a los que están abajo, a unos veinte metros. El hombre que esta abajo alumbra con una linterna. Se le ordena apagar la linterna. Simeón le ordena que se identifique. Le pregunta que hacen allí. Él les dice que han venido a regar sus sembríos y que se demorarán como tres horas. ¡Cuantos más hay allí! Somos dos, responden. Regresamos a la camioneta, de nuevo corriendo en la oscuridad. Alguien dice que estamos preparados como para ir a Irak.

La camioneta nos juega una broma y se va alejando mientras tratamos de alcanzarlo. Luego de una pequeña carrera logramos abordarlo. Llegamos a la casa alegres por la aventura.

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