Estoy sentado dentro de la choza, en el sitio donde voy a dormir .De pronto vienen dos personas, uno trae una guitarra y ambos sacan botellas de una mochila. Uno de ellos empieza a combinar gaseosa con una botella de pisco. Su vos es suave y habla con cierta gracia. Afuera hay silencio. Se conversa de cosas que han pasado en el día o en el día anterior, como haberse ido a bañar a la playa. La música es excelente, si bien la voz no es extraordinaria, las notas, la música andina, es diferente a lo que he escuchado antes.
Estoy dentro, no escucho de fuera o apartado a un lado, en un restaurante de comidas típicas. Estoy muy cerca y me pasan una botella de pisco con Sprite. El sabor es suave. El lugar es oscuro, rustico, salvaje, la guitarra un sonido familiar, contienes formas nuevas. La música me envuelve. ¿Se acordarán de mi abuelo? ¿Qué importante habrá sido mi abuelo en la comunidad? Los acordes fluyen con alegría, son canciones de amor, casi no siento la tristeza que siempre he relacionado con esta música. Las notas, mas gruesas, la más agudas, las notas rápidas, el rasgado de las cuerdas. El cantante no sabe algunas canciones.
De pronto se escucha un sonido que al principio pienso que es de un equipo de sonido, el sonido es límpido, es claro, es el sonido de un arpa. Afuera hay un grupo de cuatro jovenes. Es un arpa, de un tamaño menor del que lo toca, que es un joven. Sus dedos recorren la larga fila de cuerdas. Sus manos recorren las cuerdas por ambos lados y lo hacen con destreza.
Se forma una redondéela. El tema principal es el cobro de la extracción de piedra chancada y de arena de una cantera cercana, que esta a cargo de otro joven de más edad. El que tocaba antes la guitarra, está afuera, saca su guitarra y responde con una canción. El sonido de la guitarra es más familiar para mí. Es áspero, sin tanto efecto. El trago pasa rápidamente. Me encuentro riéndome de los chistes. La luna sale de a poco. El que toca el arpa descansa entre canciones. Alguien le alumbra con una linterna.